Campeonatos de Cataluña de natación, invierno, era la segunda noche. Nos reunimos todos en la habitación de unos cuantos del Bañolas, éramos los tres de la habitación, el niño de mi habitación y yo, y unos tres o cuatro de otros clubes.
Eran la una menos cuarto aproximadamente, cuando el ambiente empezó a calentarse: la tele estaba al tope, había unos cuantos chicos, con un mechero y un desodorante que estaban haciendo llamaradas. Ya eran la una, cuando estábamos tranquilos mirando la televisión, cuando de repente se escucha como una especie de sirena, todos creímos que venía de la tele hasta que uno dijo:
Callaos todos un momento! Escuchad! la alarma de incendios!
Hubo unos segundos de silencio y sólo se escuchaba el sonido de la alarma, hasta que todos empezamos a desesperarnos y a gritar, sin saber qué hacer. A la una de la madrugada. Yo agarré a mi compañero, que estaba llorando, i lo llevé hasta la habitación. Entramos y le dije que se pusiera el piyama porque estábamos vestidos, él no quiso. Yo no tenía, así que me quité los pantalones i me dejé un jersey. Bajamos abajo y nos encontrábamos con huéspedes del hotel que bajaban asustados. Una vez a bajo, vi a nuestros compañeros en recepción contando lo que había pasado. Yo me senté a descansar en una butaca, estaba aturdido y asustado por lo que nos esperaba.
A los diez minutos pararon la alarma. Todo un hotel, en Barcelona, desalojado, a la una de la madrugada. No me lo creía. Un cliente perdió los estribos i empezó a gritar a nuestros amigos.
Finalmente llegaron los entrenadores (todos menos el nuestro y el de Gerona), me alivié mucho al no verlo. Volvimos a la habitación.
No podíamos dormir, así que abrimos una bolsa de patatas. No la terminamos. Estábamos sentados encima la mesa. Ninguno decía nada, de vez en cuando alguno soltaba algo como -¡Mierda!- o -La hemos cagado...
Nos fuimos a dormir. Dejo la bolsa encima de la mesita de luz por si nos entra ambre a la noche. Dije.
Esta bien. Me contestó.
¿Quieres que apague la luz?
Como quieras. Me dijo.
Pero no la apagué porque sabía que él la prefería encendida.
Tardé horas en dormirme. Oía la brisa que entraba por el balcón i removía las cortinas. Finalmente, me dormí.
Esto es lo que conté al entrenador a la mañana siguiente, pero no tardaron en saber la verdad.
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